“¿Por qué a él no lo retás si hizo lo mismo que yo?” La escena es conocida. Puede ocurrir en una escuela, en una familia o en un equipo deportivo. Un chico rompe una regla y recibe una consecuencia. Otro hace exactamente lo mismo, pero esta vez el adulto mira para otro lado. Para muchos niños, el problema no es el castigo. Es la diferencia.
Una investigación internacional, analizada por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, reveló que los chicos son especialmente sensibles a la falta de coherencia de los adultos y que prefieren enfrentar una sanción antes que quedar en una situación donde las reglas parecen cambiar según la persona.
El estudio fue realizado por investigadores de la Universidad SWPS de Polonia y la Universidad de Michigan, en Estados Unidos, y publicado en la revista Journal of Experimental Child Psychology. Participaron 122 niños de entre 6 y 9 años de ambos países.
Los resultados mostraron que cuando dos chicos cometían la misma falta y recibían la misma respuesta —fueran castigados o perdonados—, el 97 por ciento consideraba que el adulto no debía modificar su decisión. Pero cuando uno era sancionado y el otro no, la reacción cambiaba: el 93 por ciento consideraba que esa diferencia debía corregirse. En ese sentido, los científicos concluyen que los niños no buscan simplemente evitar una consecuencia. Buscan que las reglas tengan sentido.
Para llegar a este resultado, los investigadores presentaron a los chicos distintas historias ilustradas. Los protagonistas cometían faltas cotidianas: usar un celular durante una clase, correr por un pasillo o dejar desorden después de comer. Luego aparecía un adulto que debía decidir qué hacer. En algunas situaciones castigaba a los dos personajes. En otras no castigaba a ninguno. Y en otras aplicaba la misma fórmula que suele generar conflictos en la vida real: a uno sí y al otro no.
La respuesta de los chicos mostró un patrón: no reclamaban más castigos. Tampoco defendían siempre el perdón. Lo que querían era igualdad de criterio. Si el primer chico había sido sancionado, esperaban que el segundo recibiera la misma consecuencia. Si el primero había sido perdonado, consideraban injusto castigar al segundo. La primera decisión del adulto se transformaba así en una referencia. Una especie de regla dentro de la regla.
Los investigadores también analizaron qué ocurría con las emociones de los chicos cuando conocían cómo había sido tratado otro participante. El resultado fue llamativo. Cuando un personaje evitaba un castigo, los niños inicialmente suponían que se sentía bien. Cuando era sancionado, imaginaban tristeza.
Pero cuando descubrían que otra persona había recibido un trato diferente por la misma conducta, aparecían emociones más complejas: culpa, enojo, tristeza o alivio. La comparación con el otro cambiaba la interpretación de la situación. Esto muestra que desde edades tempranas los chicos no miran solamente su propio resultado. También observan qué ocurre alrededor. La pregunta no es solamente: “¿Qué me pasó?”. También es: “¿Por qué a él le pasó algo diferente?”
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio es que una consecuencia negativa no siempre genera rechazo. Cuando una sanción es percibida como justa, puede incluso producir alivio. Los investigadores explican que afrontar una consecuencia por haber roto una regla puede permitir cerrar la situación y reducir la culpa. En cambio, salir beneficiado mientras otro recibe una sanción por la misma falta no necesariamente genera satisfacción. La ventaja pierde valor cuando parece injusta.
¿Qué significa para padres y docentes? El estudio no sostiene que castigar sea mejor que no hacerlo ni analiza cuál es la mejor estrategia educativa. Su aporte está en otro punto: la manera en que los adultos aplican las reglas influye en cómo los chicos construyen su idea de justicia.
En una familia puede ocurrir entre hermanos. En una escuela, entre compañeros. En un club, entre integrantes de un equipo. Cuando dos situaciones similares reciben respuestas diferentes sin una explicación clara, el conflicto deja de estar centrado en la conducta. Aparece otra pregunta: “¿Por qué conmigo sí y con él no?”
La investigación suma evidencia a una idea cada vez más estudiada por la psicología infantil: la sensación de justicia aparece mucho antes de lo que los adultos suelen imaginar. Con todo, detrás del clásico “no es justo” puede haber algo más que una protesta. Puede ser una observación bastante precisa sobre cómo funcionan las reglas. Y también sobre cómo las aplican quienes las enseñan.