viernes 23 de abril de 2021 - Edición Nº870

Opinión | 30 mar 2021

Universidad Torcuato Di Tella

Sin máscaras: análisis de la política argentina

Nota de opinión de Natalio R. Botana, profesor emérito del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella, quien brindó su opinión sobre las tensiones del sistema político argentino.


De un año a esta parte, mientras persiste con saña la pandemia aquí y en el mundo, han caído máscaras. A comienzos de 2020, con la presidencia de Alberto Fernández el país ensayaba una fórmula inédita. En contra de que el Presidente nominase a quien habría de acompañarlo en la fórmula, esta vez la Vicepresidenta designaba a un Presidente presuntamente moderado que le diera un plus de votos para ganar. Un escenario patas arriba en un régimen que, por definición, descansa en la unidad del Poder Ejecutivo.

Mediante esta maniobra, brillante en el plano electoral, la vicepresidencia sumó a su rol de suceder al Presidente en caso de ausencia, renuncia, fallecimiento o remoción, el de una gran electora que por mandato constitucional conduce el Senado, un recinto donde además cuenta con una mayoría que hace las veces, hasta el momento, de disciplinado séquito. Lógicamente, en el caso de que se mantuviera estable, este pacto exigía despejar la incógnita de hacia qué punto se inclinaría esta inédita balanza de poder y cuál cabeza habría de prevalecer.

Hace un año, no faltaban augures que soñaban con alguna “patada histórica” de parte de un Presidente capaz de superar antagonismos y dispuesto a asumir su autoridad en plenitud. Ensoñaciones apresuradas. La trama de estos doce meses ha levantado el telón de la escena opuesta: la patada histórica no fue tal en circunstancias en que el mantenimiento de la unidad de la coalición victoriosa era (y sigue siendo) un objetivo prioritario, sin el cual asomaría el riesgo de una derrota como aconteció en comicios anteriores.

En este montaje, que supone la estabilidad interna, la Vicepresidenta ha volcado a su favor la balanza, expandiendo su influencia en la administración del Estado.

Así adquieren de nuevo relevancia esta clase de arreglos con trasfondo populista que, como recientemente señaló en términos generales Julio María Sanguinetti, consisten en un método de acumulación y conservación del poder a cualquier precio. En estos días asistimos a un ejercicio semejante en vista de alcanzar otros objetivos y colmar varias obsesiones: ganar las elecciones intermedias de octubre, controlar el Congreso y subordinar al Poder Judicial para declarar, con la excusa de que hubo una guerra judicial, la nulidad de los juicios llamados de corrupción.

Sin aspirar a indultos y amnistías, ese es por ahora el camino. Como su nombre lo indica, la guerra judicial implica una lucha entre dos polos (por eso se llama guerra) y, por consiguiente, una dialéctica de exclusión del contrario. A un juicio de corrupción, se responde simétricamente con otro al paso que llueven las denuncias.

La degradación del debate político se convierte así en una disputa para saber quién va preso envolviendo a todos en un mismo barro. Estas intenciones, que obviamente han dejado atrás aquellos gestos iniciales de moderación, están sujetas a los efectos no queridos de la acción humana. No siempre las intenciones logran su cometido. Es más: suelen fracasar u obtener las cosas a medias.
Sin máscaras

Por eso, la hegemonía populista en nuestro país se cifra más en intentar que en consumar. Al mismo tiempo, esta tensión instalada en el Poder Ejecutivo entre designio y resultados, debe inevitablemente atender a un contexto aquejado por la tenaza de la crisis económica y la crisis sanitaria.

De esta tenaza, el oficialismo, la oposición y el país entero no se librarán fácilmente. Escuchamos a diario el llamado a la responsabilidad de una sociedad fatigada por tanta penuria, con cuarentenas a cuestas y limitaciones a la libertad, que no ve mejoras en el empleo y la inflación, y evade reglamentaciones.

No obstante, tras aquella verborragia, hay una demanda que está levantando temperatura. Dado que, pese a las malformaciones, vivimos en una democracia representativa, tanto o más importante que la responsabilidad social es la responsabilidad de los representantes que median entre la ciudadanía y el Estado y encaran a su modo una propuesta de gobernabilidad.

Los datos que, al respecto, conocemos no son alentadores y marcan un descenso en la confianza atribuida por partida doble al oficialismo y a la oposición. De atenernos a últimos sondeos, daría la impresión de que unas dosis crecientes de desconfianza corroen a la clase política.

En la carrera entre imagen negativa e imagen positiva sigue aumentando la primera en detrimento de la segunda. Es una situación común a todos, aun a los outsiders que combaten a gobernantes y opositores que, desde luego, condimenta nuestro faccionalismo.

En un nivel de análisis se dice que nuestra política se estructura en torno a dos coaliciones, la que gobierna y la que se opone; pero, si penetramos en el tejido de cada una, es posible advertir el desgaste de un sistema político que, en lugar de ser centrípeto (atrayendo al centro), centrífuga hacia los extremos.

Por eso, a medida que en el oficialismo se destaca el perfil agonista de los que todavía buscan la hegemonía y toman la iniciativa de la confrontación, en sectores de la oposición se acentúa el estilo complementario. Duros en ambos lados que pugnan por la primacía en un envolvente desastre social: el oficialismo ha puesto en marcha otra dialéctica.

De frente a un incremento en otoño e invierno de la ola de contagios, conjuntamente con una escuálida dotación de vacunas, quizás no sea inoportuno recordar un consejo que viene de antiguo.

Decía Tácito que la razón y el juicio son las cualidades de un liderazgo en procura —añadiría— de ejemplaridad (salvo en Mendoza, no se han visto ejemplos de reducción del gasto de la política), ¿En qué han quedado estos atributos sin duda exigentes?

Por ahora, permanecen en suspenso en unos liderazgos que bregan, comparando unos con otros, con ser menos malos. Se echan de esta manera los dados en el juego del poder como si estuviésemos en la normalidad cuando estamos muy lejos de ella. De aquí la desconfianza y el asomo del prestigio.

(*) Natalio R. Botana es politólogo e historiador. Profesor emérito de la Universidad Torcuato Di Tella

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