lunes, 11 de junio de 2018 |Hora: : :

Entrevista


Fernando Navajas: "Se necesita mirar más el déficit externo que el fiscal, es ahí donde fallamos"

Fecha Publicación: 11/06/2018  12:13 

El destacado economista y docente de la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Di Tella analizó las causas que llevaron a pedir el auxilio del FMI Planteó los nuevos desafíos de política económica y los errores del Gobierno y también de las consultoras
 
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Cuando hasta comienzos de diciembre de 2017 todo parecía indicar que la economía podría revertir el ciclo corto de la actividad económica de caída en la primera mitad del año y repunte en el segundo, surgieron señales contradictorias en el equipo de Gobierno que llevaron a "recalibrar las metas de inflación y el sendero de las tasas de interés".
 
A partir de ahí, se afectaron las expectativas de los agentes económicos, las cuales avanzaron en su deterioro al renacer los temores de vulnerabilidad externa, que se hiceron efectivos primero con el cambio del escenario de tasas de interés en los EEUU y sus efectos sobre las divisas, seguido por la agudización de la sequía interna, la entrada en vigencia del Impuesto a la Renta Financiera, el congelamiento del tratamiento de la reforma laboral y el crecimiento de la oposición para  impulsar cambios en la  política de gobierno.
 
Las consecuencias de esa apretada síntesis fue el inicio de inquietantes turbulencias cambiarias, sustentada en un atraso de la paridad más impulsado por la política antiinflacionaria del Banco Central que por acciones de exceso de oferta de divisas en la plaza local, que derivaron en pérdida de reservas, aceleración de la inflación, desaceleración de la reactivación, y aumento del índice de riesgo país.
 
Los rápidos reflejos que se le atribuyen al ministro de Finanzas, Luis Caputo, que aconsejó al presidente Mauricio Macri volver al Fondo Monetario, posibilitaron atenuar la corrida cambiaria y que no se extendiera al sistema financiero, porque no sólo permite reducir la dependencia del crédito externo para cubrir las abultadas necesidades de financiamiento del déficit fiscal y vencimiento de deuda, sino también bajar drásticamente su  costo.
 
 
Para analizar qué cabe esperar a partir de la aprobación por parte del FMI de la asistencia a la Argentina por hasta USD 50.000 millones, y sobre las nuevas metas que se fijó el Gobierno, Infobae entrevistó a Fernando Navajas, economista jefe de FIEL, destacado académico de la Universidad Nacional de La Plata y de la Universidad Torcuato Di Tella; y presidente de la Asociación Argentina de Economía Política.
 
– ¿Cuál es su lectura sobre por qué el Gobierno debió acudir el auxilio financiero del FMI, luego de que apenas cinco meses antes el organismo había elogiado el giro de la política económica de la gestión anterior y el  ministro de Finanzas había dicho que "ya están cubiertas el 75% de las necesidades de financiamiento de todo el año"?
 
– Creo que siempre es más fácil explicar con el diario del lunes por qué la inflación fue lo que fue en 2016 que la que va a ser en 2019; y en general eso se aplica a cualquier cosa de política económica. Pero es muy cierto lo que usted plantea. Hay un debate a nivel de economistas analíticos que siguen la economía  y la coyuntura, éste un mecanismo de extracción de señales, pero hubo algo que no se vio, porque no estaban o no se vieron esas señales. Creo que hay una mezcla de ambas cosas.
 
– ¿Cuáles fueron las señales que no se vieron en el radar de los indicadores económicos corrientes?
 
–  El mecanismo normal en la Argentina para ver que el panorama se pone mal en la parte económica viene sobre todo por el lado del sector externo. Y en este caso no estaba, en lo que a la parte financiera se refiere, del todo mal, porque el índice de riesgo país se estaba deslizando, pero no lo hacía como a fines de los 90 que avisaba que la cosa estaba mal, como advirtieron algunos expertos que detectaron que la relación de causalidad iba de riesgo país a riesgo de devaluación. Es decir, cuando había un evento en el mercado cambiario, la variación del índice de riesgo país lo avisaba mucho antes. Y acá eso no funcionó, creo que en parte, porque el ministro de Finanzas, Luis Caputo, tenía bastante cerradas las necesidades de financiamiento. Probablemente lo tenía tan financiado, a un extremo tan alto de las necesidades de 2018, que empezó a generar suspicacias en los inversores.
 
– Sin embargo, ¿la apertura de la brecha del índice de riesgo  país con el de Brasil, de 100 puntos hasta casi 200 puntos básicos, no fue una primera señal que se subestimó?
 
– Cómo para anticipar la corrida cambiaria de mayo, no. Me parece que esos indicadores no eran tan trágicos, o no los vimos, por un lado. En algo fallamos. Digo fallamos en plural, porque me refiero tanto al Gobierno como a lo analistas y las consultoras, porque si se toma un informe de febrero o marzo se observa que hubo un montón de cosas que no se cumplieron y otras que no se anticiparon. Además, todos estábamos mirando el 28-D (Nota del Editor: recalibración de metas de inflación), y la cuestión de la política monetaria, y la inflación; y cómo se iban a acomodar las tarifas; y pasar la negociación salarial, etc., etc. Obviamente, con el ruido cambiario también todos estábamos mirando el ritmo de devaluación. Pero lo que no vimos era lo que había debajo de ese ruido. El semáforo no captó que había un volcán abajo nuestro.
 
– ¿El abultado y creciente rojo de las cuentas externas, tanto por el intercambio comercial, con más importaciones que exportaciones; y de turismo, más salidas de argentinos que entrada de extranjeros?
 
–  Si, lo que estaba debajo, que estaba relacionado con el resto del mundo, es que empezaba a gestarse un frenazo, un sudden stop, en la economía argentina, a la Calvo (Guillermo). Era relativamente asintomático porque no estaba reflejado en el índice de riesgo país, porque era como si una persona tiene persistentemente una temperatura de 38 grados, y le parece normal, y no le dice nada, porque ya se acostumbró a convivir con ella. Pero en realidad 38° quieta durante mucho tiempo es sintomático de que tiene una endocarditis, es decir una válvula del corazón está contaminada y tiene que ser operada de urgencia. Eso era lo que nos habíamos acostumbrado a ver en la economía. Y lo que estaba atrás era el comienzo de un frenazo del financiamiento por parte de los inversores internacionales. Es un good-bye Argentina.
 
 ¿Cuál fue la primera señal en ese sentido, por parte de los inversores?
 
–Por la forma en que el Gobierno había estructurado la intervención del Banco Central muchos inversores internacionales estaban colocados en Lebac, pero ellos no querían irse de las Lebac, querían irse de la Argentina. Me dicen que hay gente del Ministerio de Hacienda que ha escrito un paper, no circulado que dice que si se mira el efecto del nuevo Impuesto a la Renta Financiera, eso no fue la causa de la salida, porque los inversores tenían opciones de pasarse a otros bonos del sector público, para eludir el gravamen. Por tanto, lo que se vio en los últimos meses fue un frenazo del financiamiento, que en la forma en que se manifestó no fue rápidamente percibido. Obviamente, el índice de riesgo país muestra que no hay riesgo de default inminente en los horizontes que manejan los inversores, y en el que piensa el mercado, más con el financiamiento de corto plazo garantizado.
 
– Ese giro de los inversores con la Argentina, ¿por qué cree que ocurrió? ¿Fue porque percibieron que el ajuste fiscal era demasiado lento, y descansaba en los efectos de un poco más de inflación y de actividad sobre la recaudación de impuestos, que en la baja real del gasto improductivo y mejora de la eficiencia del Estado?
 
– Creo que lo que le cambió el humor al inversor internacional fue el boca a boca de los ambientes de Nueva York y de Londres  y de otras ciudades del mundo, que empezaron a alertar desde comienzos de año que la Argentina tiene un problema de cuenta corriente de balanza de pagos. Y ese problema es mucho más general, y más  inquietante, que decir que no se han cumplido las metas o que estamos avanzando muy despacio. Es verdad que siempre se puede decir que existe un ajuste fiscal de 5% del PBI, y con eso se resuelve el déficit de la cuenta corriente. Pero no es lo que estaba disponible, ni antes ni ahora.
 
– ¿Cuándo comenzaron a surgir esas señales, ese 'boca a boca', como usted dice?
 
– Creo que esas señales  me imagino que las debe haber empezado a percibir el ministro de Finanzas, Luis Caputo, desde comienzos de año. Se adelanta en la cobertura de gran parte de las necesidades de financiamiento para todo el año porque comienza a percibir algo en los mercados y en los inversores. El segundo elemento es la mala performance de los funcionarios argentinos en las Reuniones de Primavera del FMI y Banco Mundial, con inversores que una semana después, en Nueva York, (a nosotros en la reunión del Council of Americas) nos expresan desagrado por la forma en la cual los funcionarios argentinos respondieron las preguntas sobre el tema de la cuenta corriente de balanza de pagos de la Argentina. Estábamos todos en la "dinámica pequeña", y no en la "grande" que muestra un país que está planchado desde 2010, no tiene crecimiento de exportaciones, ni de productividad. Es decir, en la más grande y larga de las dinámicas acá hubo una fiesta descomunal, producto de un súper ciclo de precios de las materias primas que el país no vivía en un período de 100 años. Estamos asistiendo al final de un ciclo económico largo y no nos damos cuenta que tenemos que entender y procesar bien este cambio.
 
Llegado a este punto y luego de la corrección de mercado del nivel del tipo de cambio, ¿cómo ve el frente fiscal? ¿hay espacio para bajar más rápido el déficit fiscal total antes del pago de intereses de la deuda?
 
– No veo espacio para hacer un overkill fiscal, es decir un ajuste ya de 1% o 2% del PBI ahora. Esto que vemos es más parecido a un programa de cierta consolidación fiscal, de ajuste con el apoyo del Fondo Monetario, y unos condimentos económicos y políticos distintos de los que se proponían a comienzo del 2000 y del 2001, cuando recibimos primero el blindaje y luego se intentó un apretón fiscal que no tuvo apoyo político-social. Esto que vemos ahora es ambas cosas, al mismo tiempo y en mayor magnitud. Con un régimen monetario-cambiario diferente y con otra configuración política. Es decir, es un contexto político-económico internacional y local diferente.
 
– Eso luce inquietante, porque trae a la memoria los fracasos de los blindajes financieros y las "mega ayudas" que luego no se concretaron…
 
– Exacto, porque uno razona en términos del blindaje que no vino acompañado por un programa fiscal, como ahora, aun cuando  el desequilibrio fiscal aquel era mucho menor que este. Apoyo financiero, corrección fiscal y devaluación son tres márgenes que en 2001 no estaban disponibles como lo están ahora. Sin embargo, la raíz común es el déficit en cuenta corriente y la necesidad de lo que ello implica en cuanto a la política de gasto público y de impuestos. Todo aquello que aumenta el gasto no transable, es decir que no represente un aumento de la competitividad del sector privado, debe tratar de ser controlarlo. Lo mismo pasa del lado de los impuestos, habría que tener más cuidado con los efectos en los precios relativos, es decir buscar una política fiscal que sea más proclive a una devaluación fiscal.
 
– Ahora con el acuerdo firmado por el Gobierno con el Fondo ¿qué cabe esperar?
 
– Tras el anuncio del plan cerrado con el FMI por una asistencia total de USD 50.000 millones, de los cuales unos USD 15.000 millones ingresarán el 20 de junio, habrá que cumplir con otras etapas, como la aprobación de la Ley de Presupuesto 2019 que va a ser dura por la meta de déficit fiscal para el año que viene; el desarmado de las Lebac (que se podría haber hecho sin el FMI), y otras cosas más como la aprobación del cambio de la Carta Orgánica del Banco Central, algo que a mí me parece loable, pero que no van al meollo del problema que es el restablecimiento del financiamiento voluntario de un fenomenal déficit de cuenta corriente en un mundo que se vuelve hostil a los emergentes y con Brasil caminando al abismo político. En ese contexto, cabe esperar que hayamos tenido suerte y que hacia fin de año volvamos a retomar el programa de financiamiento voluntario para 2019, porque los fondos del FMI no van a estar para eso. Por tanto, la pregunta del millón es ¿si en el último trimestre de este año la Argentina quiere volver a los mercados? y le dicen…
 
-¡ Todavía no!
 
–  No, por dos razones. Primero porque creen que el problema de cuenta corriente de la balanza de pagos permanece; segundo porque el dólar está todavía más atrasado que el de equilibrio y por tanto impulsa a no entrar todavía en la Argentina, sea con inversión extranjera directa o de otro tipo; y tercero porque además creen que si bien se hicieron todas las cosas bien y se restablecieron las chances para que el Gobierno pueda ser reelecto, habría que esperar a las PASO y ver con quién se va a enfrentar el oficialismo. De modo que el temor mío es que eso revierta al diagnóstico que el Gobierno no creyó conveniente asumir ahora, que es el de un déficit en cuenta corriente y que no va a aflojar lo suficiente, y que eso lleve a una  devaluación a fin de año que será más problemática que ahora en materia de decisiones, por los tiempos políticos.
 
– Sobre todo porque las tarifas de los servicios públicos, en particular del sector energético, están dolarizadas. Y, al parecer, con las turbulencias cambiarias se frenó la liberación de los precios de los combustibles, tras el pedido del Gobierno a las empresas para que no aumenten los precios hasta el 1 de julio, con lo que se vuelven a atrasar para no afectar el ritmo de la inflación. Y además, se analizó la posibilidad de interrumpir el cronograma de baja de las retenciones a las exportaciones de soja. ¿Cuál es su reflexión al respecto?
 
– En el contexto actual, pos acuerdo con el FMI y con este contexto cambiario creo que pensar en la baja del cronograma de las retenciones al complejo sojero es más ruido que nueces. No es mucho dinero, serían unos USD 400 millones, y es más el daño que se hace con el cambio de las reglas de juego que el beneficio por la plata que se podría conseguir. Otra cosa sería si el tipo de cambio saltara a las nubes, pero no es ese el escenario que se vislumbra. Respecto de las tarifas, yo he sido muy crítico con la estrategia del Gobierno desde 2016, tanto por razones macroeconómicas como por razones sectoriales.
 
 ¿Cuáles son las sectoriales?
 
– Desde temprano me había dado cuenta, habiendo estudiado los subsidios "desde abajo", es decir como la diferencia entre el precio lo que paga la demanda y los costos del sistema, que el problema estaba siendo diagnosticado exclusivamente como una patología de bajos precios que paga  el usuario. Y sigue siendo visto de esa manera, sin ver que los costos están subiendo, porque aumentan los precios internacionales, porque no hay competencia y porque las decisiones que se están tomando en materia de inversiones están haciendo que no exista un mecanismo minimizador de costos. Y sobre llovido, mojado; vino la devaluación. De todas estas cosas la devaluación es la peor para la estrategia de los subsidios.  Pongámoslo en estos términos: Si ocurriese un frenazo de financiamiento con costo de capital más alto y un dólar mucho más alto, se arma un cóctel que manda a terapia intensiva todo el sector de energía y de obras de infraestructura, porque los senderos de aumento que se anunciaron pasan a no ser sostenibles. De hecho ya no lo son. Es decir, la demanda no va a pagar los precios que surgen de una determinada configuración de tipo de cambio y costo del capital. De modo que empieza a aparecer otro problema, que yo lo llamaría el síndrome de otro 28-D, en la que no se le cambiará "desde afuera" la pauta de inflación al Banco Central, sino el cronograma de aumento de las tarifas de luz y gas al ministro de Energía. ¿Por qué? Porque dada la devaluación reciente el aumento del gas en octubre va a resultar muy grande. Y están empezando a aparecer síntomas de que la estrategia de haber puesto un cronograma de precios a los usuarios residenciales definido en enero de 2018 como un acuerdo contractual (de hecho un contrato) entre las distribuidoras y los productores, que revalida el cronograma que venía desde 2016 y lleva los valores a pagar por los residenciales a un valor que ya ahora, a partir de octubre, implica una suba anual del 50% en dólares y lo pone por arriba de lo que pagan los segmentos desregulados, como los industriales. Esta es una situación que no pasa por ningún Parlamento del mundo, tengas K o no tengas K entre los legisladores. Esto no pasa con el tipo de cambio real al que marcha la economía argentina. Los contratos van a volver a crujir.
 
En ese escenario, ¿el impacto fiscal cuál va a ser?
 
– Esto lleva a hacer las cuentas de nuevo para ver cómo se recalcula el recorte en los subsidios. Porque fíjese que hay 3 costados de la frazada corta: 1) la demanda que no lo puede pagar; y el ruido político detrás; 2) hay que cerrar las cuentas fiscales, como se le anticipó al Fondo; y 3) si no se equilibran las finanzas públicas subiendo el precio de la demanda, habrá que hacerlo cambiándole las reglas a la oferta. Y, de nuevo, si se le cambian las reglas a la oferta se cae el cronograma de inversiones anunciadas y esperadas en el sector energético y también en otros si hay efectos de contagio. Se  frena Vaca Muerta; hay que deshacer un contrato privado-privado, entre distribuidores y productores, porque al caerse en diciembre la Ley de Emergencia Económica el Ministerio de Energía ya no podrá determinar el sendero de precios, sino solo fomentar un acuerdo entre las empresas. Y ahora forzar un cambio implica litigios, dependiendo de cómo se haga. Ya había comentado en su momento que la consolidación fiscal estaba basada en un sólo instrumento, que es la reducción de los subsidios, y que es  más parecido a una suba del impuesto porque pasa a pagarlo el consumidor, que una reducción de gasto. Más allá de esto, ahora vemos que ese instrumento se está agotando y hay que abrir el frente de otras reducciones de gastos.
 
¿Hay algo que le preocupe seguir en el nuevo escenario?
 
– Si, con la flotación del tipo de cambio, ahora sin la intervención directa del Banco Central con la compra y venta de dólares, hay que ver los efectos de la devaluación sobre los precios y cómo se rearticula la política de precios e ingresos, algo que no es un elemento explícito en la estrategia del Gobierno, pero que es mucho más importante de lo que se cree. Pero tengo una leve esperanza en que el ajuste del tipo de cambio desde fines de abril no se vaya a trasladar a precios en la manera que se podría imaginar antes del acuerdo con el FMI.
 
– ¿Por qué?, ¿porque la demanda, la capacidad de compra de los consumidores no lo podría avalar?
 
– Exacto, la demanda está empezando a hociquear, hay mucho más cuidado de presupuestos y  en la forma en que el traslado de la devaluación a precios de los bienes y servicios se está haciendo.




Fuente:  (Infobae)

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